CAPITULO 1 UNA MOTO EN UN MAR PERDIDO

En busca del Mar de Aral

Hasta Georgia del Tirón para llegar a Azerbaiyán

Estoy en “terreno conocido”. Ya he recorrido Italia, Grecia y Turquía, la infinita Turquía, paso obligado para adentrarse en Asia Central por tierra. Así pues, decido atravesar todos estos países del “tirón”, para concentrar los días que tengo en Kazajistán y Uzbekistan, donde se encuentra el mar de Aral, al que se conoce ya como mar perdido. Un mar que ha pasado de ser el cuarto lago más grande del planeta para terminar siendo un inmenso salar del que apenas queda un 10% de su extensión inicial. Todo ello, por las plantaciones de algodón, “el oro blanco”, que la antigua Unión Soviética quería explotar, desviando los cursos de los ríos Amu Daria y Sir Daria que desembocaban en este mar para crear canales que regasen sus cultivos. Se convirtió así en uno de los mayores desastres ecológicos causados por el hombre.

EN MITAD CAMINO TURQUIA.JPG

Como siempre, en Georgia, todo fluye en su frontera. Esta vez, los policías insisten mucho en el tema del seguro para la moto. Hay que recordar que en este país la carta verde no sirve. Me paro en una de las oficinas que hay tras la frontera y mientras gestionó este trámite, la gente se arremolina entorno a mi moto, a Lusi. Todos quieren ver su bandera en las maletas. Un señor, incluso baja a su madre del autobús para que viese la de su país, Armenia, que tantos problemas me traería después.

mirando a Lusi.JPG

En Georgia hace mucho frío y no para de llover, las carreteras son malas, así que hay que ir despacio. En una local de estos que hay desperdigados por el país me paro para tomar un café; dentro dos señoras, que enseguida ven mi cara de frío y el tembleque que traía poniéndome un café bien calentito y unos dulces que tras pagar me regalarían para el camino además de un abrazo. Esa maravillosa gente que te vas encontrando por el camino, esos improvisados amigos que te tienden la mano son una de las cosas mágicas de viajar en moto.

pastelera

Georgia sigue como la había dejado un año atrás, con sus vacas, cerdos y perros por las calles. Los perros siempre me causan especial tristeza en este país, no les quieren, cada poco aparece uno atropellado en la carretera. Recuerdo tomando un café, un perro lleno de heridas, cojo, esquelético y los dueños, le echaban con un palo de la puerta. Entenderéis que esto me causa un gran dolor, teniendo en mi familia a dos perras labradoras, Luka y Sira. No me gusta ver este “maltrato” consentido hacia los animales.

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Decido atravesar Gerogia tras pasar la noche en Batumi, frontera con Turquía, para llegar a la frontera de Azerbaiyan y dormir en la villa olímpica que hay después, a unos 50 kilómetros. La cosa se complicó y mucho…

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